¿Vándalos? No, ciudadanos comunes

Fuente: Cecilia Soto | Excelsior

9 enero 2017. Hace unas semanas recibí una multa por una vuelta prohibida. Es  difícil identificar las ocasiones en que uno rebasa el límite de velocidad, pero las vueltas prohibidas son fáciles de recordar. Uno sigue un “protocolo” conocido: revisar si hay policías a la vista, verificar que no haya tráfico que interfiera, y hacerlo.

En estricto sentido, en mi ejemplo no hay más que una diferencia de grado con quienes protagonizaron los saqueos de los pasados días. El elemento común, aunque no único, es la percepción de que no habrá consecuencias, la impunidad. En mi caso, las fotomultas han resultado un disuasor efectivo, pero, hay que admitirlo, no absoluto.

Se engaña el PRI si insiste en ver un compló en los saqueos del Estado de México. Se engañan también los que quieren ver el inicio de una revolución o una situación que revele de manera única la vulnerabilidad excepcional de México. Las protestas sociales, que se salen de control y terminan en vandalismo y saqueo, son bastante comunes aquí en el sur pobre y en el mundo desarrollado. Recuerden los saqueos de Londres en 2011 y los de  Ferguson, Missouri, en agosto de 2014. Y quienes los protagonizan no necesariamente comparten un perfil de pobreza y exclusión social. Tampoco son exclusivamente delincuentes —aunque los hay— que se montan oportunistamente en una protesta para poder obtener mercancía que revender. La mayoría son ciudadanos comunes, bastantes parecidos a usted y a mí, a los que la situación hace perder inhibiciones sociales. Vuelva a ver los videos de los saqueos en Ecatepec: la gran mayoría no cubre su rostro ni oculta las placas de los vehículos usados para transportar mercancía robada y, aunque predominan los hombres, hay bastantes mujeres, probablemente buenas madres de familia, con carritos de supermercado llenos no precisamente de verduras y frutas o juguetes para el Día de Reyes, sino de objetos más codiciables.

En los saqueos que siguieron a los desórdenes que iniciaron en Londres, pero se extendieron en todo el Reino Unido en 2011, abundaron adolescentes tanto pobres como de clase media, por cierto, muchas jóvenes que acudían a los saqueos con maletas para llenar con ropa; y en las audiencias en las que se juzgaron a quienes pudieron ser detenidos, se encontraron desde la hija de un multimillonario, profesores de escuela, un entrenador deportivo y jóvenes pobres de comunidades de inmigrantes.

Se trata de ejemplos de lo que los especialistas llaman “el poder de la situación” y de la vida propia que adquieren las muchedumbres, por ejemplo, en partidos de futbol o en grandes conciertos de rock. A diferencia de estos casos en los que la energía de la multitud tiene un foco: el desarrollo del partido, su resultado y la confrontación con los fanáticos del equipo contrario o la actuación de los artistas admirados, en una protesta social no necesariamente hay un foco claro o, si lo hay (el asesinato de un joven negro, una sentencia que libera a un policía o el aumento en la gasolina), no hay manera asequible de expresarlo. Si tampoco hay una organización experimentada en este tipo de protestas, es fácil que una manifestación con fuertes dosis de espontaneidad se salga de cauce. Intervienen y se retroalimentan muchas conductas: desde la legítima protesta por la exclusión, el aprovechamiento oportunista para sustraer bienes símbolo de estatus hasta el contagio de conductas delictivas bajo el supuesto de que “el otro” está siendo más listo que yo, todo supeditado a la percepción de que la autoridad poco puede hacer lo que facilita que se evaporen inhibiciones sociales.

@ceciliasotog

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