Por qué no denuncié mi violación

Fuente: Gabriela Figueroa | Animal Político

11 junio 2014 .  Después de haber escrito, reescrito, borrado y alterado estas palabras, dudé si debería darlas a conocer. Puede ser que llegue a arrepentirme. Pero sé que ese arrepentimiento no se compararía, ni remotamente, con seguir escondida detrás de mi silencio por más años. Creo que ya permanecí así los suficientes y, sean muchos o sean pocos, merezco ser libre por el resto de los que me quedan.

Tenía 19 años y estaba en mi primer semestre en la Universidad de las Américas Puebla. Hacía apenas tres o cuatro meses que me había mudado a Cholula, era foránea y no conocía a nadie en la ciudad o en el estado. Las chicas que compartían el piso conmigo en las residencias de la universidad eran lo más cercano a un grupo de amigas que tenía. Conocía a varios de mis compañeros de generación, pero mi relación con ellos no se extendía más allá de los muros del salón de clases. Todos, menos uno.

Comenzamos a hacernos cercanos. Nos frecuentábamos cada vez más. Yo no soy tan sociable, pero él se hizo mi amigo con mucha facilidad: era simpático, extrovertido y bromista. Se convirtió en mi mejor amigo.

Aquél día había ido a visitarme a las residencias de la universidad después de salir de su clase. Estábamos hablando en mi cuarto cuando se acercó y me besó. Me desorienté y dudé sobre cómo reaccionar. Al mismo tiempo me sentí nerviosa e inocentemente halagada. Sin saber exactamente cómo ocurrió, mientras me besaba le dio un tirón a mi pantalón. Ante la incredulidad de distinguir lo que él pretendía que pasara, mi cabeza no reaccionó. Pero mis manos sí. Intentaron detener las suyas y quitarlas de mi cuerpo. Mis piernas también trataron de quitármelo de encima. Pero ante mi resistencia, él opuso más fuerza en todo su cuerpo y en sus movimientos. Consiguió bajarme el pantalón y mi ropa interior de un tirón. Yo aún me resistía: se contorsionaban mis piernas y forcejeaba por apartarlo. Hasta el momento en que me despojó de mi ropa, no llegué a pensar que realmente me violaría. Durante los escasos dos minutos que me forzó, mi cuerpo temblaba y se sacudía. No duró mucho tiempo. Me soltó porque comencé a llorar.

Sólo entonces pareció darse cuenta de lo que había hecho. Se bajó de mi cama y se hizo un ovillo al lado de ella, en el suelo. En voz alta se repitió una y otra vez “qué hice, qué hice”, al tiempo que me pedía disculpas. Mi cabeza estaba en blanco ¿Qué acababa de suceder? No lo podía creer. No podía ser cierto. Sal. Corre. Dile a alguien, ¡haz algo! Sentí miedo, culpa y vergüenza. Quién iba a creerme. No iban a hacerlo. Sólo me regañarían por tener, contra las reglas, a una persona del sexo opuesto en mi habitación. Tampoco reaccioné.

Mi cerebro se destrozaba por llamar con ésa palabra a lo que había ocurrido: violación. ¿Violación? ¡No, claro que no! Quería arrancarme la palabra de la cabeza. No, no, un accidente. Fue un accidente. Seguía en shock cuando lo calmé y le dije que no se preocupara, que todo estaba bien. No me compadecí de mí: lo único que hice fue sentir lástima por él. ¿Quién quiere ser víctima de una violación? Nadie. Es más fácil negarlo.
Como si absolutamente nada hubiera sucedido, seguimos viéndonos y siendo amigos. Yo tenía miedo de que, si no hacía que las cosas siguieran como siempre, él le dijera a todo el mundo lo fácil que era yo. Me señalarían como “una cualquiera”, una “niña pública”, “de moral relajada”, en fin, ustedes se saben todos los sinónimos y eufemismos. En pocas palabras: una niña que no vale nada. Nadie en la universidad me conocía. Todos lo creerían sin pensarlo. Tiempo después supe que, de todas formas, sí me tuvieron en ésos términos.

Años después entendí que inconscientemente también lo manejé así porque si salía con él, si llegaba a ser mi pareja, entonces eso definitivamente no habría sido una violación. Todo estaría bien y ya no sentiría que no tuve ningún control sobre mí, sobre el sexo. En todo ese tiempo, sólo a una persona intenté decirle lo que había ocurrido. Me acerqué a ella y le pregunté: si te hacen tener sexo y tú no querías, ¿eso es violación? Ella me contestó que sí vaga y distraídamente, como quien comenta que si podría llover durante la tarde. No lo hablé con nadie más por miedo a que no me creyeran o, peor, que me dieran un montón de explicaciones para justificar la agresión: que él no sabía lo que estaba haciendo, que no debería estar en mi dormitorio para empezar. Que fue un accidente, que lo superara y lo perdonara. Que era un problema entre él y yo, que yo también era responsable. Que yo lo provoqué, que di pie a que sucediera. Que yo lo permití, que yo me lo busqué.

No fue sino hasta cuatro años después, que leí en una noticia y un texto en un blog, que reaccioné sobre lo que mi inconsciente se había empeñado tanto en ignorar, negar y enterrar.

¿Por qué no hice nada? El sólo hecho de pensar que había sido violada me hacía sentir culpable. Cómo me atrevía a pensar eso. Todas nos creemos la mentira de que las vidas de millones de hombres son destruidas tras ser falsamente acusados de violación. Cómo podía pensar así de él, podría arruinar su vida, cómo iba a hacerle eso. Era mi compañero de clases, mi mejor amigo.

¿Cómo iba a sentenciarlo de ésa manera? Durante el resto del día, y por los siguientes cuatro años, me preguntaba si me había o no violado. Pero me enfermaba el sólo pensamiento de decirle a alguien “me violaron”. No es fácil admitir que eres víctima de una violación. Nadie quiere serlo. Te sientes inmunda, sucia, desechada, corrompida, marcada. Me convencí de que no había pasado ¿Por qué sentí miedo, vergüenza y culpa? Por imaginar los comentarios que hubiera recibido, de haberlo hablado con alguien: Debiste haberle dicho que no; si lo hiciste, no fue con la suficiente fuerza. Debiste golpearlo, quitarlo de encima; y si lo intentaste, no fue con la suficiente agresividad. Debiste gritar, pedir ayuda. Fue un accidente, seguramente ésa no fue su intención. Pues qué esperabas, lo tenías en tu habitación. Sin percatarse, sus comentarios habrían manifestado que fue mi responsabilidad no haberlo impedido, lo habrían justificado a él, o peor aún, hubieran decretado que yo me lo había buscado y lo había merecido.

Temí pedir ayuda en la universidad, por miedo a recibir una respuesta más o menos así: no podemos penalizarlo porque él no debía estar en tu dormitorio, para empezar. Quizás la principal preocupación de ellos hubiera sido que no lo llamara “violación”, porque habría implicado que entre sus estudiantes tienen a un “violador”. En el caso de mi universidad, no existe normatividad sobre cómo proseguir en caso de abuso sexual. Se limitan a dar conocimiento de ello a las autoridades. ¿Pero, entregar a uno de sus estudiantes a la policía? Quizás todo lo ocurrido hubiera sido manejado como “un malentendido” que deberíamos arreglar entre el él y yo. No quiero pensarlo, pero también existía la probabilidad de haber sido sancionada por “comportamiento impropio” en los dormitorios y quizás hasta expulsada de las residencias universitarias.

Tampoco acudí a la policía, porque temí no ser tomada en serio. Hay chicas que a diario en la calle son abusadas por extraños (no un estudiante que se sienta junto a ti en el salón de clases) y aún la mayoría de esos casos son empequeñecidos. Pensé que la posibilidad de que se ocuparan del caso de una estudiante que lo había sufrido en las residencias de una universidad privada era ínfima.

El Consejo de Seguridad Pública Municipal de San Andrés Cholula determina que, para presentar una denuncia de violación ante el Ministerio Público y que éste integre una averiguación previa, hay que aportar declaraciones de testigos y pruebas médicas. Se deben llevar a cabo estudios de laboratorio para comprobar si hay líquido seminal en la vagina. Hay que mostrar moretones, arañazos o cualquier otra evidencia de que hubo contacto físico. Debemos permanecer sin bañarnos. Todo en un tiempo no mayor a 48 horas de haber sufrido la agresión, al parecer sin que se le permita a la víctima proceder con compañía: debe estar sola durante la denuncia y los exámenes. Tenemos que “aprobar” éstos exámenes para que el MP decida extender una orden de aprehensión contra el agresor. Por si no fuera poco, advierten que en caso de no dar “seguimiento puntual” a la denuncia, se puede “atrasar o caer el caso”.

No hubo nadie que atestiguara mi violación. Estábamos solos. Los estudios de laboratorio no hubieran detectado líquido seminal porque él me soltó un par de minutos después de iniciar la violación. Aunque opuso fuerza física contra mí, no me marcó con moretones ni arañazos. Los exámenes médicos del MP no hubieran procedido y, ciertamente, después de haber sido violada lo último que hubiera querido era someterme a una serie de invasivas y humillantes pruebas que podían llegar a durar horas. Además, ante la ley, el delito de violación tiene fecha de expiración. No había forma de que cumpliera con los requisitos para que el delito sexual que se cometió en mi contra fuera considerado como lo que fue: una violación. En mi cuerpo no permanecieron marcas ni cicatrices que dieran fe de lo que sucedió esa tarde. La única prueba la llevo en mi memoria.

No todas las violaciones ocurren de la misma forma: si no hay llanto, alaridos, mordidas, heridas y cortes, laceraciones, golpes y patadas, ¿no es violación?

¿Si no hubo testigos, no es violación?

¿Si sentí miedo o culpa y no quise hablarlo con nadie, no es violación?

¿Si el agresor no eyacula, no es violación?

¿Si por temor o vergüenza, por recibir una amenaza o por cualquier motivo no se presenta la denuncia hasta tiempo después, no es violación?

Si se mantiene un término tan reducido para definir una violación, nos orillan a no denunciar por impotencia o a lidiar con este tipo de abusos como si se tratase sólo de un fastidio que debe ser soportado y superado. Es lo que yo hice: permanecí en silencio porque no vi una salida. Me venció el miedo a no ser creída, a no ser tomada en serio, a ser llamada “fácil”, a ser sancionada por la universidad, a que me hicieran responsable de no haberlo impedido. Además, la opción de ejercer acción legal estaba irremediablemente descartada. No tenía una sola arma para defenderme.

Quiero creer que, de haber acudido a pedir ayuda a la UDLAP, hubiera recibido apoyo y seguimiento a mi caso. ¿Pero cuáles son las probabilidades? Las víctimas de agresiones sexuales ni siquiera somos mencionadas en el reglamento estudiantil. En el artículo 4° del mismo apenas indica que se prohíben cualquier tipo de acciones que promuevan la violencia. Se remiten a “dar parte de la conducta delictiva a las autoridades competentes” fuera de la universidad, aunque ello no está expresado en el reglamento. Lo considero insuficiente.

En toda institución educativa debe haber un protocolo a seguir, indicaciones y recomendaciones para las víctimas. Se debe hacer mención de las sanciones para los agresores y señalar las autoridades a quienes uno se deba dirigir para denunciarlas. Debe existir un apartado específico para la violencia sexual, porque ella no puede ser manejada como cualquier otro tipo de conducta violenta. No quiero pensar que la ausencia de acción se deba a que les resulta conveniente y preferente, porque de ésa forma el agresor no puede demandar a nadie por haber sido castigado “de manera injusta”.

Mi primera decisión, cuando perdí el miedo a aceptar lo que me había ocurrido en realidad hace cuatro años, era hablarlo con algunas personas cercanas a mí, hacer las paces con un pasado que no puedo cambiar y seguir adelante. Pero no denunciar es contribuir a que siga sucediendo. Mi violación ocurrió hace ya cuatro años y, sin una confesión del culpable de por medio, no hay nada que pueda hacer para pedir justicia. Quizás ya no haya nada que yo pueda hacer con mi caso, pero me rehúso a que el crimen que se cometió contra mí haya sido en vano y sea destinado al olvido.

Si decidí darlo a conocer es con la esperanza de que se haga algo por corregir y fortalecer el proceder de la justicia mexicana al tipificar y condenar el abuso sexual. También apelo a las instituciones educativas. Necesitamos gente en las escuelas y universidades con una capacitación completa sobre cómo manejar la violencia sexual entre sus estudiantes y orientar a las víctimas. Una revisión de la leyes civiles sobre la definición y penalización de la violencia sexual, así como la creación de normatividad pertinente en las instituciones educativas, son un paso de gigante en la dirección correcta.

Comencemos por llamar a las cosas por su nombre: el sexo sin consentimiento se llama violación. Y el perpetrador del sexo sin consentimiento se llama violador. El consentimiento debe ser obligatorio. El contacto sexual sin consentimiento es abuso o violación.

El sexo no es algo que le debes a alguien. No importa si te invitaron a cenar, si ya lo habían hecho antes, si se trata de tu pareja, si sí querías pero cambiaste de opinión. El sexo no debe ser algo que le ocurre a alguien, sino algo que ocurre entre dos personas. Deben ser pocas las agresiones que sean comparables con lo degradante que es ser violentado sexualmente. De un momento a otro alguien más, tal vez alguien en quien confiabas, reclama autoridad absoluta sobre tu cuerpo, tu libertad de decisión, tu dignidad humana.

En 2010 estimó la Secretaría de Salud que en México violan a una mujer cada cuatro minutos. Éste es mi testimonio, pero la historia no me pertenece sólo a mí. Es de todas las mujeres y niñas mexicanas que han pasado por lo mismo. Que cada día tienen que tolerar en sus vidas la presencia de sus violadores, porque son su tío, su primo, su compañero de clases o su propia pareja. La violencia sexual también es un atentado contra los derechos humanos y debe de ser sancionada como tal. Ni mujeres, ni niñas, ni ningún ser humano en general debería verse obligado a tolerar y convivir con tanta violencia. Ni un solo día de su vida. Debemos promover una cultura social tal que la idea de violar a una persona sea tan inconcebible como comerse a bocados el propio brazo. Tocar a una mujer sin su consentimiento no te hace “un hombre”, te hace un cobarde.

 

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