Muerta ‘de facto’

Fuente: Emilio Álvarez Icaza Longoria | Reforma

9 febrero 2017. A casi 30 años de la irrupción electoral de 1988 y rumbo a 18 años del primer gobierno de alternancia, México tiene mayor pobreza y desigualdad; mayor inseguridad, violencia y muerte; más impunidad y, además, una extraordinaria desesperanza. Para una gran cantidad de personas la democracia no significa nada o casi nada, está muerta de facto. Cuando el dilema principal para más de la mitad de la población es qué van a comer sus hijos e hijas el día de hoy, toca preguntarse ¿de qué democracia hablamos?

De qué democracia hablamos si no somos iguales ante la ley porque ésta no se aplica por igual, más aún cuando la distribución de la riqueza nos desiguala hasta niveles insultantes, en México el 10% de la población concentra el 64% de la riqueza.

De qué democracia hablamos si lejos de vivir y tratar con dignidad a todas las personas, a niñas y niños se les puede hacer de todo; un gran número de jóvenes no encuentra opciones para salir adelante; las mujeres enfrentan condiciones de violencia y desigualdad; muchas personas mayores son despojadas, empobrecidas y humilladas; millones de trabajadoras y trabajadores no logran cubrir ni siquiera sus necesidades básicas y por eso se ven obligados a separarse de sus seres queridos para encontrar fuera de sus comunidades opciones de vida; al mismo tiempo que el trato que damos a los migrantes se ha convertido en una de nuestras mayores vergüenzas. Además, los pueblos indígenas son abandonados y discriminados.

De qué democracia hablamos si todos tenemos cerca o hemos sido víctimas de la violencia, delincuencia o del abuso del poder, si parte de los responsables de nuestra seguridad han pactado con el lobo y nos tienen atrapados.

De qué democracia hablamos si la libertad de expresión está seriamente amenazada. México es uno de los países en donde más se asesina y ataca a periodistas y, peor aún, casi nunca hay culpables de estos delitos. En nuestro país se restringe, bloquea y censura de múltiples formas el libre ejercicio del periodismo. Quienes defienden derechos humanos sufren las mismas prácticas.

De qué democracia hablamos si unos pocos se enriquecen ilegal e ilegítimamente y nosotros somos quienes pagamos sus deudas. La corrupción no es cultura, no es nuestra identidad, pero dolorosamente se ha vuelto un sistema de gobierno que se sostiene gracias a una impunidad casi generalizada. Así, un cargo público parece ser la oportunidad, no para servir, sino para servirse con una cuchara cada vez más grande.

De qué democracia hablamos si el incipiente sistema de partidos políticos pasó a ser una poderosa partidocracia que bajo el principio de “cuotas y cuates” se ha adueñado de todo: instituciones, dinero, justicia, recursos naturales, concesiones y bienes públicos; y se ha convertido en un hoyo negro por el que fluyen enormes cantidades de dinero público y privado, legal e ilegal. La alternancia en el poder no significó la transición a la democracia por la que tanto se luchó. La clase política nos traicionó. Pervirtieron las instituciones y han dado la espalda a la gente.

 

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