El idioma de la corrupción

Fuente: Valeria Moy | Animal Político

post_template_1xTodos entendemos qué es la corrupción. Puede haber diferentes definiciones, usualmente las encontramos enfocadas hacia las prácticas del sector público en las que se usan los recursos, las funciones y el poder que les da su encargo, para sacar provecho propio. En México, desafortunadamente estamos tan acostumbrados a estas prácticas que ya no nos sorprenden.

Pero dentro de todo este mundo de corruptelas, las que más nos indignan son las de alto nivel. Políticos de todos los colores haciendo uso de recursos –en todos los sentidos- para su beneficio personal, el de su familia y amigos cercanos. Cifras escandalosas, coches carísimos, yates, aviones transportando a los cuates a sus viajes por el mundo, funcionarios esquiando con un helicóptero pagado con recursos públicos, casas espectaculares, millones de dólares en cuentas por el mundo. En fin, los ejemplos son muchos y siempre hay alguno fresco. No pasa un día sin un escándalo, escándalo que, sobra decir, pasará desapercibido en unos cuantos días porque llegará el siguiente a ocupar el lugar del previo.
Pero hay otra corrupción que incluso puede ser peor. Esa chiquita, de poco dinero, del día a día, que avanza a pasos pequeños pero agigantados a la vez, esa que hace que se arraigue en nuestras rutinas y que los niños crezcan viéndola. Esa que la convierte en una práctica rutinaria en la que es normal aceptar o pedir una “mordida”, esa que conlleva un “cómo le hacemos” o un “ayúdame a ayudarte”.

Hay tantas prácticas de corrupción arraigadas en nuestra sociedad, del sector público o del privado, de millones o de poco, de bienes o favores, que tenemos todo un lenguaje para describirla. Opciona, organización civil apartidista e independiente, compiló algunas de las palabras o frases que se usan en el mundo de las corruptelas y dio origen al Corrupcionario.

En el Corrupcionario leemos de los bisnes, los mordidas, los moches y los abogánsters. También hay verbos: aceitar la mano, regar el tepache, embarazar las urnas. Frases tan ilustrativas como “la corrupción somos todos”, “roba, pero hace”, o aquella memorable de un gobernador de “esa grabación no es mía, es decir, sí soy yo, pero no es mi voz” que nos harán reír, nos darán un poco de pena propia y otro más de pena ajena, pero que todos los que aquí vivimos entenderemos.

La corrupción nos cuesta mucho. De acuerdo al Banco de México, en 2015 la corrupción le costó al país 1 billón 602 mil 986 millones 130 mil pesos, más o menos 9 por ciento del PIB. Transparencia Internacional señala que la corrupción incrementa los costos de proyectos hasta en un 10 por ciento. Cuando el criterio para una licitación es el favoritismo, acabamos escogiendo proyectos caros y malos. Basta ver las carreteras, los puentes, las casetas, las obras públicas para darnos cuenta. María Amparo Casar, en México: anatomía de la corrupción, publicado por el CIDE y el IMCO, menciona que la corrupción para las empresas representa menos ventas, y para los países un 5 por ciento menos de inversión. El 14 por ciento del ingreso promedio de los hogares mexicanos se destina a pagos extraoficiales.

@ValeriaMoy

 

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