El enojo social

Fuente: Ana Laura Magaloni Kerpel | Reforma

7 enero 2017 Es impresionante ver las imágenes y leer las noticias de las protestas sociales y de los saqueos de grandes almacenes en muchas partes del país. Se han visto episodios en el Estado de México, Hidalgo, Veracruz, Tabasco, Chiapas, Nuevo León, Querétaro, Guanajuato, Sonora, Ciudad de México, entre otros. No parece que se trate de delincuentes profesionales ni de grupos de porros. Más bien, mayoritariamente parece que son personas comunes y corrientes, que han decidido tomar las calles y las carreteras, protestar contra el “gasolinazo” y saquear las tiendas. Son muchos, están enojados y creo que el presidente Peña Nieto no ha entendido por qué.

Mi hipótesis es que el aumento en el precio de la gasolina fue la chispa que encendió la llama, pero que el enojo es más viejo y tiene que ver con otras muchas acciones y omisiones de quienes gobiernan. Creo que esos que vemos protestando en las calles y saqueando almacenes están cansados, por ejemplo, de no tener agua entubada y tener que comprar pipas. También están hartos de que el camión recolector de basura no pase con regularidad o que cuando se rompe el medidor de luz, la CFE tarde semanas en componerlo. Están enojados porque la policía de su barrio está asociada con los delincuentes o porque se droga en la caseta de vigilancia. Sienten rabia porque la ambulancia nunca llega cuando hay un herido de bala en la calle, porque el alumbrado está roto, porque no existen banquetas y porque las calles de su barrio están sin pavimento. Están hartos de sentirse inseguros, de ver cómo las pandillas de jóvenes se apoderan de los barrios a través de la violencia y la droga, de que el sistema de justicia les sea inaccesible, de que el más fuerte y el más violento sea el que mande. Pero quizá el hartazgo mayor es que trabajando 12 horas al día sólo les alcanza para lo básico: comer, pagar el celular y los servicios y poco más. No hay escaleras para prosperar y no ven salidas de futuro para sus hijos.

Ese es el México de los barrios marginados en donde habita por lo menos 50% de la población. No son los que viven en pobreza. Se trata de familias con un ingreso mensual promedio de entre 6 mil y 8 mil pesos. Todos ellos tienen muy claro de qué tamaño son las brechas que los separan de las élites. Es sencillo entender su enojo: mientras que los que gobiernan viven con lujos a costa del erario público (camionetas, viajes, bonos, fiestas, etcétera) y, además, amasan escandalosas fortunas personales producto de actos de corrupción, los habitantes de esos barrios padecen todos los días un aparato administrativo colapsado y corrupto y no ven posibilidades de prosperar con su talento y su esfuerzo. Desde esa experiencia cotidiana, el aumento a la gasolina me parece que fue la gota que derramó el vaso.

 

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