Corrupción, la liebre y la tortuga

Fuente:  José Buendía Hegewisch | Excelsior

12 de Marzo de 2017. Las reformas y leyes anticorrupción van tan lentas que, a diferencia de la fábula de la liebre y la tortuga, la paciencia y la constancia no auguran llegar a la meta. Lejos de eso, la carrera de la impunidad de la liebre parece inalcanzable para las patas pequeñas y los pasos cortos de la tortuga de la investigación y acción de la justicia. El caso OHL no está ni cerrado ni esclarecido, cuando ya concluye el gobierno del Estado de México. La autoridad regulatoria de EU revivió el fraude de Homex a sus inversionistas y el caso Odebrecht amenaza con abofetear a partidos y candidatos hacia las presidenciales de 2018, como ya ocurre en otros países latinoamericanos. Todo igual.

El Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) camina tan despacio que su marcha se parece mucho al “aquí no pasa nada” que, en el fondo, ha llevado al fracaso de todas las políticas públicas y acciones contra la corrupción, lo mismo con gobiernos priistas, perredistas y panistas en todos los niveles de gobierno en los últimos 17 años. Desde entonces su costo sube anualmente hasta representar hoy 10% del PIB, aunque es reciente la conciencia de que es una de las principales causas de la anemia crónica del crecimiento económico.

Y no sólo se trata del desarrollo tardo e irredento de la ejecución de investigaciones de casos escandalosos como los de los exgobernadores Javier Duarte, de Veracruz; Borge de QR o Duarte en Chihuahua, sino del tono general lánguido y pausado de la respuesta gubernamental y del Congreso. Hasta volverse inaudible. Contrario al ruido y hasta al juicio mediático que causa la revelación de casos, las investigaciones se pudren en la inacción de la justicia, la incapacidad del Ministerio Público, los vacíos legales y sobre todo la falta de voluntad política para desmantelar el sistema de protecciones, como muestra condicionar el nombramiento del fiscal Anticorrupción al de la nueva fiscalía autónoma que sustituirá a la PGR.

El Congreso tiene atorado su nombramiento, aunque esta semana podría comenzar a moverse con la auscultación de 31 candidatos que hacen fila desde 2015 para alcanzar el puesto. Habrá que verse el impacto en las negociaciones de la desestabilización de la bancada del PRD en el Senado. Pero a ese ritmo, el SNA no tendrá todas las piezas para operar en este sexenio, a pesar de que los escándalos de corrupción marcan la actual administración, y una respuesta precisamente fue la aprobación del SNA al descontento social por esa causa. Su recién nombrado comité ciudadano promete, como ya hicieron los políticos, tener 10 casos ejemplares de corrupción, pero guarda silencio respecto a investigaciones de tramas de corrupción como OHL, Homex y el presunto pago de sobornos de la constructora brasileña Odebrecht que salpica al expresidente Calderón y a altos funcionarios de Pemex de esta administración. ¿Cuál es el nombre del alto funcionario de Pemex que habría recibido 10.5 millones de dólares a cambio de dar contratos a la empresa brasileña? ¿El expresidente Calderón dio “ventajas indebidas” a Odebrecht? ¿Las respuestas de la CNBV son suficientes sobre los contratos a OHL para la obra y operación del Circuito Exterior Mexiquense y el Viaducto Bicentenario en que participó el gobierno del Edomex? ¿Fue en EU donde empezaron a procesarse acusaciones contra Homex u Odebrecht, pueden reemplazar  a la justicia de cada país? ¡Son preguntas que el comité ya podría haber hecho!

@JoseBuendiaMx

 

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Hábitos y sanciones

Fuente: Juan E. Pardinas | Reforma

12 Mar. 2017. El objetivo más ambicioso que puede tener una política pública es modificar las conductas individuales y los hábitos colectivos. Los seres humanos somos animales de costumbres. A veces, de tanto repetirse, acabamos por confundir esos hábitos y rutinas con nuestros derechos ciudadanos. Si por años estacioné mi coche en la calle sin que existieran los parquímetros, puedo asumir que el intento de cobrarme 8 pesos la hora por dejar mi vehículo estacionado en el pavimento es una forma de expropiación o abuso de autoridad.

Con frecuencia escucho un psicoanálisis de banqueta sobre la conducta de los mexicanos: un compatriota en Tijuana tira la basura en la calle, pero si cruza la frontera a San Diego, la deposita en el bote. Medio malinchista y medio cierto, este retrato sociológico sobre nuestras costumbres parte de la tesis de que el riesgo de una multa por ensuciar la calle nos induce a cambiar nuestros hábitos más arraigados. No es necesario cruzar la frontera para cambiar el comportamiento, basta con subirse al segundo piso del Periférico en la Ciudad de México y así comprobar que el riesgo de sanción es un gran incentivo a hacer las cosas de manera distinta. En la azotea de esta autopista, los coches con placas de la CDMX mantienen mágicamente los límites de velocidad. Súbitamente, tod@s l@s chilang@s somos como suizos y respetamos rigurosamente los límites de velocidad. Desde hace años, un radar conectado a una cámara y asociado a una base de datos con las placas de los carros detona esta transmutación conductual.

A lo largo de varios sexenios, sucesivos gobiernos federales han fracasado en el objetivo de construir una base de datos con un registro nacional de vehículos. Por esta omisión, propia de un país bananero, los coches con placas de otras entidades pueden circular a altas velocidades por el Periférico sin ser candidatos a una multa. Los chilangos infractores de los límites de velocidad en el segundo piso reciben en su casa una carta donde la autoridad demuestra que tiene todos los pelos de la mula en la mano: la hora, el día, la velocidad y la foto del vehículo infraccionado.

Esta semana el juez federal Fernando Silva García determinó que el sistema de fotomultas en la CDMX viola la garantía de audiencia y defensa señaladas en el artículo 14 de la Constitución. La política de las fotomultas no es de esas propuestas de gobierno que sirvan para ganar porras y aplausos. Sin duda es una monserga que la autoridad use alta tecnología para vigilar el cumplimiento del reglamento de tránsito. Sin embargo, como sociedad y como individuos vivimos en una ciudad más segura y civilizada gracias a las fotomultas. Después de ver cómo manejan los peseros, algunas señoras con camioneta y los mirreyes de ocho cilindros, la sentencia del juez Silva García va en contra del bienestar colectivo e incluso pone en riesgo el derecho a la vida y la integridad física. El amparo sólo beneficiará individualmente a la persona que lo presentó, pero sienta un peligroso precedente para quienes vivimos aquí. De acuerdo al INEGI, en 2015, 210 personas murieron en accidentes de tránsito en la Ciudad México.

@jepardinas

 

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Fiscal Floral

Fuente: Denise Dresser | Reforma

13 marzo 2017. Como un objeto decorativo. Como un florero. Como algo que contribuye a la belleza de una habitación pero no puede componer sus paredes cuarteadas. Así va a ser el Fiscal Anticorrupción y así lo trata el Senado encargado de diseñar sus funciones y designarlo. Un cimiento clave del Sistema Nacional Anticorrupción, hoy relegado al papel de jarrón sobre la mesa. Una piedra de toque de lo que debería ser el nuevo edificio, convertido en un recipiente floral. Después de años en los que la sociedad civil hizo su trabajo, la clase política no hace el suyo. Posterga y pospone en lugar de arreglar y designar. En el Senado continúan las disputas en torno a cuates, las discusiones en torno a cuates. Mientras tanto, la posibilidad de un Fiscal fuerte e independiente se marchita cual margarita deshojada por los partidos.

La Fiscalía Anticorrupción nació con problemas de designación y de diseño. Y debido a ello la Junta de Coordinación Política en el Senado se ha arrogado la tarea de elegir pero sin la transparencia necesaria o la supervisión indispensable. Mimetizando las designaciones de Eduardo Medina Mora, Raúl Cervantes, Norma Piña y Javier Laynez, las cúpulas partidistas negocian tras bambalinas, arman convocatorias al vapor, marginan a especialistas de la sociedad civil, se niegan a aceptar la existencia de un Comité Técnico que ayude a definir perfiles e idoneidad. En vez de regirse por el principio de máxima transparencia, optan por la tradición de máxima opacidad. En lugar de crear condiciones para una Fiscalía autónoma, engendran condiciones para una Fiscalía maniatada.

Lo mismo ocurre con las leyes que normarán su actuación, escritas para asegurar que el Fiscal nazca subordinado. Nazca agachado. Nazca tan dependiente de la PGR que no sea capaz de investigar la podredumbre que corroe al país. El Fiscal Floral será subalterno del Fiscal Carnal. Quien resulte nombrado después de un proceso fársico tendrá que pedir permiso, perdón y presupuesto a Raúl Cervantes, bautizado como cuate del Presidente y de la clase política porque lo es. Y por ello el Fiscal Anticorrupción -de acuerdo con la legislación actual- podría ser removido en cualquier momento. Apenas se acerque a la verdad, probablemente acabará inhabilitado para seguir persiguiéndola. Apenas empuje investigaciones libres e independientes, seguramente descubrirá la esclavitud política en la cual nació. De allí el imperativo de modificar el Artículo 102 constitucional para dotar de autonomía real a todos los fiscales que vendrán, empezando por el Fiscal General, e incluyendo al Fiscal Anticorrupción.

Pero el Senado no lo hace porque no quiere. Ningún partido desea una investigación seria a Odebrecht, a OHL, a gobernadores de todas las estirpes, a políticos prófugos o a ex Presidentes que hayan perdido el fuero y la protección política que provee. Ningún coordinador parlamentario quiere colocar una potencial soga al cuello alrededor de personajes que actualmente pueblan su recinto. Por eso, los escándalos que sacuden a otros países, producen encarcelamientos, provocan inhabilitaciones y llevan a destituciones, aquí son sólo la nota del día. Transitamos del escándalo al encubrimiento, de la indignación a la desolación. O a la frustración al ver que Raúl Cervantes dedica más tiempo a cabildear en su favor, que a investigar en nombre del país. Como no hay Fiscal Anticorrupción, no hay combate a la corrupción. Y parafraseando a Pablo Milanés, “el tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos”. México decrépito.

@DeniseDresserG

 

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Por qué no denuncié mi violación

Fuente: Gabriela Figueroa | Animal Político

11 junio 2014 .  Después de haber escrito, reescrito, borrado y alterado estas palabras, dudé si debería darlas a conocer. Puede ser que llegue a arrepentirme. Pero sé que ese arrepentimiento no se compararía, ni remotamente, con seguir escondida detrás de mi silencio por más años. Creo que ya permanecí así los suficientes y, sean muchos o sean pocos, merezco ser libre por el resto de los que me quedan.

Tenía 19 años y estaba en mi primer semestre en la Universidad de las Américas Puebla. Hacía apenas tres o cuatro meses que me había mudado a Cholula, era foránea y no conocía a nadie en la ciudad o en el estado. Las chicas que compartían el piso conmigo en las residencias de la universidad eran lo más cercano a un grupo de amigas que tenía. Conocía a varios de mis compañeros de generación, pero mi relación con ellos no se extendía más allá de los muros del salón de clases. Todos, menos uno.

Comenzamos a hacernos cercanos. Nos frecuentábamos cada vez más. Yo no soy tan sociable, pero él se hizo mi amigo con mucha facilidad: era simpático, extrovertido y bromista. Se convirtió en mi mejor amigo.

Aquél día había ido a visitarme a las residencias de la universidad después de salir de su clase. Estábamos hablando en mi cuarto cuando se acercó y me besó. Me desorienté y dudé sobre cómo reaccionar. Al mismo tiempo me sentí nerviosa e inocentemente halagada. Sin saber exactamente cómo ocurrió, mientras me besaba le dio un tirón a mi pantalón. Ante la incredulidad de distinguir lo que él pretendía que pasara, mi cabeza no reaccionó. Pero mis manos sí. Intentaron detener las suyas y quitarlas de mi cuerpo. Mis piernas también trataron de quitármelo de encima. Pero ante mi resistencia, él opuso más fuerza en todo su cuerpo y en sus movimientos. Consiguió bajarme el pantalón y mi ropa interior de un tirón. Yo aún me resistía: se contorsionaban mis piernas y forcejeaba por apartarlo. Hasta el momento en que me despojó de mi ropa, no llegué a pensar que realmente me violaría. Durante los escasos dos minutos que me forzó, mi cuerpo temblaba y se sacudía. No duró mucho tiempo. Me soltó porque comencé a llorar.

Sólo entonces pareció darse cuenta de lo que había hecho. Se bajó de mi cama y se hizo un ovillo al lado de ella, en el suelo. En voz alta se repitió una y otra vez “qué hice, qué hice”, al tiempo que me pedía disculpas. Mi cabeza estaba en blanco ¿Qué acababa de suceder? No lo podía creer. No podía ser cierto. Sal. Corre. Dile a alguien, ¡haz algo! Sentí miedo, culpa y vergüenza. Quién iba a creerme. No iban a hacerlo. Sólo me regañarían por tener, contra las reglas, a una persona del sexo opuesto en mi habitación. Tampoco reaccioné.

Mi cerebro se destrozaba por llamar con ésa palabra a lo que había ocurrido: violación. ¿Violación? ¡No, claro que no! Quería arrancarme la palabra de la cabeza. No, no, un accidente. Fue un accidente. Seguía en shock cuando lo calmé y le dije que no se preocupara, que todo estaba bien. No me compadecí de mí: lo único que hice fue sentir lástima por él. ¿Quién quiere ser víctima de una violación? Nadie. Es más fácil negarlo.
Como si absolutamente nada hubiera sucedido, seguimos viéndonos y siendo amigos. Yo tenía miedo de que, si no hacía que las cosas siguieran como siempre, él le dijera a todo el mundo lo fácil que era yo. Me señalarían como “una cualquiera”, una “niña pública”, “de moral relajada”, en fin, ustedes se saben todos los sinónimos y eufemismos. En pocas palabras: una niña que no vale nada. Nadie en la universidad me conocía. Todos lo creerían sin pensarlo. Tiempo después supe que, de todas formas, sí me tuvieron en ésos términos.

Años después entendí que inconscientemente también lo manejé así porque si salía con él, si llegaba a ser mi pareja, entonces eso definitivamente no habría sido una violación. Todo estaría bien y ya no sentiría que no tuve ningún control sobre mí, sobre el sexo. En todo ese tiempo, sólo a una persona intenté decirle lo que había ocurrido. Me acerqué a ella y le pregunté: si te hacen tener sexo y tú no querías, ¿eso es violación? Ella me contestó que sí vaga y distraídamente, como quien comenta que si podría llover durante la tarde. No lo hablé con nadie más por miedo a que no me creyeran o, peor, que me dieran un montón de explicaciones para justificar la agresión: que él no sabía lo que estaba haciendo, que no debería estar en mi dormitorio para empezar. Que fue un accidente, que lo superara y lo perdonara. Que era un problema entre él y yo, que yo también era responsable. Que yo lo provoqué, que di pie a que sucediera. Que yo lo permití, que yo me lo busqué.

No fue sino hasta cuatro años después, que leí en una noticia y un texto en un blog, que reaccioné sobre lo que mi inconsciente se había empeñado tanto en ignorar, negar y enterrar.

¿Por qué no hice nada? El sólo hecho de pensar que había sido violada me hacía sentir culpable. Cómo me atrevía a pensar eso. Todas nos creemos la mentira de que las vidas de millones de hombres son destruidas tras ser falsamente acusados de violación. Cómo podía pensar así de él, podría arruinar su vida, cómo iba a hacerle eso. Era mi compañero de clases, mi mejor amigo.

¿Cómo iba a sentenciarlo de ésa manera? Durante el resto del día, y por los siguientes cuatro años, me preguntaba si me había o no violado. Pero me enfermaba el sólo pensamiento de decirle a alguien “me violaron”. No es fácil admitir que eres víctima de una violación. Nadie quiere serlo. Te sientes inmunda, sucia, desechada, corrompida, marcada. Me convencí de que no había pasado ¿Por qué sentí miedo, vergüenza y culpa? Por imaginar los comentarios que hubiera recibido, de haberlo hablado con alguien: Debiste haberle dicho que no; si lo hiciste, no fue con la suficiente fuerza. Debiste golpearlo, quitarlo de encima; y si lo intentaste, no fue con la suficiente agresividad. Debiste gritar, pedir ayuda. Fue un accidente, seguramente ésa no fue su intención. Pues qué esperabas, lo tenías en tu habitación. Sin percatarse, sus comentarios habrían manifestado que fue mi responsabilidad no haberlo impedido, lo habrían justificado a él, o peor aún, hubieran decretado que yo me lo había buscado y lo había merecido.

Temí pedir ayuda en la universidad, por miedo a recibir una respuesta más o menos así: no podemos penalizarlo porque él no debía estar en tu dormitorio, para empezar. Quizás la principal preocupación de ellos hubiera sido que no lo llamara “violación”, porque habría implicado que entre sus estudiantes tienen a un “violador”. En el caso de mi universidad, no existe normatividad sobre cómo proseguir en caso de abuso sexual. Se limitan a dar conocimiento de ello a las autoridades. ¿Pero, entregar a uno de sus estudiantes a la policía? Quizás todo lo ocurrido hubiera sido manejado como “un malentendido” que deberíamos arreglar entre el él y yo. No quiero pensarlo, pero también existía la probabilidad de haber sido sancionada por “comportamiento impropio” en los dormitorios y quizás hasta expulsada de las residencias universitarias.

Tampoco acudí a la policía, porque temí no ser tomada en serio. Hay chicas que a diario en la calle son abusadas por extraños (no un estudiante que se sienta junto a ti en el salón de clases) y aún la mayoría de esos casos son empequeñecidos. Pensé que la posibilidad de que se ocuparan del caso de una estudiante que lo había sufrido en las residencias de una universidad privada era ínfima.

El Consejo de Seguridad Pública Municipal de San Andrés Cholula determina que, para presentar una denuncia de violación ante el Ministerio Público y que éste integre una averiguación previa, hay que aportar declaraciones de testigos y pruebas médicas. Se deben llevar a cabo estudios de laboratorio para comprobar si hay líquido seminal en la vagina. Hay que mostrar moretones, arañazos o cualquier otra evidencia de que hubo contacto físico. Debemos permanecer sin bañarnos. Todo en un tiempo no mayor a 48 horas de haber sufrido la agresión, al parecer sin que se le permita a la víctima proceder con compañía: debe estar sola durante la denuncia y los exámenes. Tenemos que “aprobar” éstos exámenes para que el MP decida extender una orden de aprehensión contra el agresor. Por si no fuera poco, advierten que en caso de no dar “seguimiento puntual” a la denuncia, se puede “atrasar o caer el caso”.

No hubo nadie que atestiguara mi violación. Estábamos solos. Los estudios de laboratorio no hubieran detectado líquido seminal porque él me soltó un par de minutos después de iniciar la violación. Aunque opuso fuerza física contra mí, no me marcó con moretones ni arañazos. Los exámenes médicos del MP no hubieran procedido y, ciertamente, después de haber sido violada lo último que hubiera querido era someterme a una serie de invasivas y humillantes pruebas que podían llegar a durar horas. Además, ante la ley, el delito de violación tiene fecha de expiración. No había forma de que cumpliera con los requisitos para que el delito sexual que se cometió en mi contra fuera considerado como lo que fue: una violación. En mi cuerpo no permanecieron marcas ni cicatrices que dieran fe de lo que sucedió esa tarde. La única prueba la llevo en mi memoria.

No todas las violaciones ocurren de la misma forma: si no hay llanto, alaridos, mordidas, heridas y cortes, laceraciones, golpes y patadas, ¿no es violación?

¿Si no hubo testigos, no es violación?

¿Si sentí miedo o culpa y no quise hablarlo con nadie, no es violación?

¿Si el agresor no eyacula, no es violación?

¿Si por temor o vergüenza, por recibir una amenaza o por cualquier motivo no se presenta la denuncia hasta tiempo después, no es violación?

Si se mantiene un término tan reducido para definir una violación, nos orillan a no denunciar por impotencia o a lidiar con este tipo de abusos como si se tratase sólo de un fastidio que debe ser soportado y superado. Es lo que yo hice: permanecí en silencio porque no vi una salida. Me venció el miedo a no ser creída, a no ser tomada en serio, a ser llamada “fácil”, a ser sancionada por la universidad, a que me hicieran responsable de no haberlo impedido. Además, la opción de ejercer acción legal estaba irremediablemente descartada. No tenía una sola arma para defenderme.

Quiero creer que, de haber acudido a pedir ayuda a la UDLAP, hubiera recibido apoyo y seguimiento a mi caso. ¿Pero cuáles son las probabilidades? Las víctimas de agresiones sexuales ni siquiera somos mencionadas en el reglamento estudiantil. En el artículo 4° del mismo apenas indica que se prohíben cualquier tipo de acciones que promuevan la violencia. Se remiten a “dar parte de la conducta delictiva a las autoridades competentes” fuera de la universidad, aunque ello no está expresado en el reglamento. Lo considero insuficiente.

En toda institución educativa debe haber un protocolo a seguir, indicaciones y recomendaciones para las víctimas. Se debe hacer mención de las sanciones para los agresores y señalar las autoridades a quienes uno se deba dirigir para denunciarlas. Debe existir un apartado específico para la violencia sexual, porque ella no puede ser manejada como cualquier otro tipo de conducta violenta. No quiero pensar que la ausencia de acción se deba a que les resulta conveniente y preferente, porque de ésa forma el agresor no puede demandar a nadie por haber sido castigado “de manera injusta”.

Mi primera decisión, cuando perdí el miedo a aceptar lo que me había ocurrido en realidad hace cuatro años, era hablarlo con algunas personas cercanas a mí, hacer las paces con un pasado que no puedo cambiar y seguir adelante. Pero no denunciar es contribuir a que siga sucediendo. Mi violación ocurrió hace ya cuatro años y, sin una confesión del culpable de por medio, no hay nada que pueda hacer para pedir justicia. Quizás ya no haya nada que yo pueda hacer con mi caso, pero me rehúso a que el crimen que se cometió contra mí haya sido en vano y sea destinado al olvido.

Si decidí darlo a conocer es con la esperanza de que se haga algo por corregir y fortalecer el proceder de la justicia mexicana al tipificar y condenar el abuso sexual. También apelo a las instituciones educativas. Necesitamos gente en las escuelas y universidades con una capacitación completa sobre cómo manejar la violencia sexual entre sus estudiantes y orientar a las víctimas. Una revisión de la leyes civiles sobre la definición y penalización de la violencia sexual, así como la creación de normatividad pertinente en las instituciones educativas, son un paso de gigante en la dirección correcta.

Comencemos por llamar a las cosas por su nombre: el sexo sin consentimiento se llama violación. Y el perpetrador del sexo sin consentimiento se llama violador. El consentimiento debe ser obligatorio. El contacto sexual sin consentimiento es abuso o violación.

El sexo no es algo que le debes a alguien. No importa si te invitaron a cenar, si ya lo habían hecho antes, si se trata de tu pareja, si sí querías pero cambiaste de opinión. El sexo no debe ser algo que le ocurre a alguien, sino algo que ocurre entre dos personas. Deben ser pocas las agresiones que sean comparables con lo degradante que es ser violentado sexualmente. De un momento a otro alguien más, tal vez alguien en quien confiabas, reclama autoridad absoluta sobre tu cuerpo, tu libertad de decisión, tu dignidad humana.

En 2010 estimó la Secretaría de Salud que en México violan a una mujer cada cuatro minutos. Éste es mi testimonio, pero la historia no me pertenece sólo a mí. Es de todas las mujeres y niñas mexicanas que han pasado por lo mismo. Que cada día tienen que tolerar en sus vidas la presencia de sus violadores, porque son su tío, su primo, su compañero de clases o su propia pareja. La violencia sexual también es un atentado contra los derechos humanos y debe de ser sancionada como tal. Ni mujeres, ni niñas, ni ningún ser humano en general debería verse obligado a tolerar y convivir con tanta violencia. Ni un solo día de su vida. Debemos promover una cultura social tal que la idea de violar a una persona sea tan inconcebible como comerse a bocados el propio brazo. Tocar a una mujer sin su consentimiento no te hace “un hombre”, te hace un cobarde.

 

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El otro acoso

Fuente: Yuriria Sierra | Excelsior

09 de Marzo de 2017. El lunes se hizo viral un video, en él se mostraban hechos que ocurrieron en Jalisco, en una preparatoria. Se trataba de un maestro que, durante una de sus clases, soltó a sus alumnos una sarta de frases que violentaban verbalmente a las mujeres, también se hacía referencia a la violencia física como método de control y poder. Los comentarios al respecto fueron los esperados: el profesor, Ramón Bernal, fue blanco de linchamiento en redes sociales. Incluso las autoridades de la Preparatoria 10, que pertenece a la Universidad de Guadalajara, tomó acciones contra el docente. En el Twitter oficial de la institución se aseguró que se iniciaban procedimientos y que seguirían en su línea de respeto irrestricto a la dignidad de las personas. Nada de esto parece estar fuera de orden, hasta ese momento todo parecía, más bien, ser lo mínimo frente a un caso en el que la misoginia se promovía dentro de un discurso dicho por un maestro en un salón de clases.

Como sucede en estos casos, se buscó la postura de las autoridades de la preparatoria. La directora, Paula Angélica Alcalá, declaró a varios medios de comunicación que “ya se estaban tomando cartas en el asunto”. Incluso habló de antecedentes del profesor sobre este tipo de hechos. Horas más tarde, Ramón Bernal, publicó una carta en Facebook en donde señaló que todo fue parte de una clase en donde habló del machismo que se vive en nuestro país y no sólo ofreció disculpas a quienes se pudieran haber sentido ofendidos por las palabras que dijo, sino que acompañó esta declaración con otra parte del video en donde se entiende muchísimo mejor el contexto de aquella clase, “creemos que nosotros como hombres tenemos muchas ventajas sobre las mujeres…”, dice en el mismo video. Con esto, aquel primer video viralizado pierde ese sentido de misoginia y agresión que le valió a Bernal una suspensión de 48 horas.

Ayer, en Imagen Televisión, hablé con Paula Angélica, la directora: “Estamos preocupados, indignados por este tipo de comentarios que un profesor puede hacer al frente de un aula, donde son comentarios misóginos, groseros y con palabras soeces que no aportan nada a la dinámica de la clase, a la unidad de aprendizaje en donde él está dando (…) Yo creo que a los muchachos, de alguna manera, no les gustó el comentario, por eso actúan de una manera. Yo creo que, cansados de esa parte que hablamos, pero que no integramos a un proceso de ir a escuchar una materia que me va a llevar a tener ideas diferentes; entonces son comentarios que los muchachos se sintieron molestos (…) Por ello el Consejo General Universitario atrajo el tema, para que, de alguna manera, se delimite el comentario y las grabaciones de una manera que puedan ser justas y reales para poder tomar alguna determinación hacia los alumnos o el maestro, con claridad y responsabilidad de lo que estamos haciendo…”, me dijo. Aunque es curioso, la segunda parte del video salió a la luz desde ayer muy temprano y, para la hora de la emisión, la directora ya tenía que haberla visto. Sin embargo, por sus respuestas, parecía seguir en la línea de ir a la caza del profesor.

Le hice esta precisión, a lo que me respondió: “Hay ejemplos y tú lo puedes contextualizar, o sea, muy claro, pero cuando llegas así, abruptamente como los muchachos me lo explicaron, ellos sí se sintieron agredidos, por lo tanto hay una reacción. En una universidad debemos aportar dentro de las aulas, nosotros debemos aportar los contextos adecuados que nos ayuden a resolver esta situación violenta, que nos aporte a ser mejores, con valores, con responsabilidad.

@yuririasierra

 

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El orgullo de servir

Fuente: Juan Francisco Torres Landa | El Universal

9 marzo 2017. Siendo niños nos entusiasmaba llegar los fines de semana a ver, en blanco y negro, los partidos de fútbol porque asumíamos que quienes jugaban, lo hacían con profundo orgullo de vestir la casaca de su equipo.

Siendo adolescentes teníamos la expectativa de que así como en las canchas, en los foros públicos y en las tareas políticas, los actores sentirían una responsabilidad equivalente. Aunque en realidad mayor, porque su desempeño era diario y deberían sentir plena convicción de cumplir sus promesas.

Seguimos creciendo y empezamos a notar que esos ideales y expectativas no estaban presentes en la vida diaria. Aún y cuando los medios filtraban las noticias, y la diversidad de opiniones no existía, fue imposible ocultar el progresivo nivel de abusos y flujos que terminaban en familias de servidores públicos que de repente eran grandes empresarios o parte de grupos con riqueza repentina y abundante.

Lamentablemente lo que parecía una cuestión aislada fue convirtiéndose en una constante. La falta de congruencia al respetar la investidura propia de los cargos que ocupaban destrozó los ideales que nos animaban en la infancia al ver a jugadores en los estadios.

Ahora somos adultos y vemos que el panorama público se siguió deteriorando con un enorme factor catalizador, la impunidad. En una sociedad en la que las infracciones a la ley no tienen consecuencias y las sanciones son un adorno que sólo figura para quienes osan retar a los líderes políticos, la descomposición ha llegado a magnitudes preocupantes. La justicia se aplica selectivamente.

Las preguntas se agolpan, qué pasa por la cabeza de nuestros políticos quiénes han decidido despacharse con la cuchara grande. Y si bien los escándalos recientes a nivel estatal acaparan la atención, el problema de fondo es que desde la cúspide de la pirámide no se ha fijado el ejemplo de un comportamiento pleno e íntegro. Las malas conductas cunden y las tendencias se multiplican.

Así llegamos a donde estamos hoy, a un panorama complejo y lleno de incertidumbre. Pero también con la expectativa de que si como sociedad nos lo proponemos, podemos entrar a una fase de recomposición de nuestro futuro. En ese sentido, la implementación eficiente y oportuna del Sistema Nacional Anti-Corrupción parece ser la llave maestra para buscar un mejor destino en que finalmente se pueda decir: “el que la hace, la paga”.

El fenómeno adicional e indispensable es que en el país existan personas que al ingresar al servicio público vean la oportunidad de “portar la camiseta” y sentirse orgullosos de servir a México. No es mucho pedir. Es simplemente saber que no se puede trascender a través del incremento patrimonial ilegítimo, sino del cariño, vocación y capacidad de entregarse por el bien común.

 

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¡Respétennos!

Fuente: Tiaré Scanda | Animal Político

8 marzo 2017.  Para las mujeres en México, el simple hecho de salir a la calle supone una amenaza. Y a juzgar por las protestas internacionales, las mujeres del mundo en general no la estamos pasando bien. Entre la desigualdad y la violencia machista vivimos con miedo, indignadas, enojadas… y algunas simplemente no viven porque las matan como si no importaran.

Quienes ya llevamos muchos años sobre el planeta hemos caminado solas por la calle, hemos usado el transporte público, algunas hemos viajado solas con una mochila en la espalda, y hemos mandado al diablo a tres o cuatro porque nuestras madres – y uno que otro buen padre- nos enseñaron a no aguantar faltas de respeto. Nosotras hemos encontrado la manera de sobrevivir. Algunas no, porque la violencia ha surgido en sus vecindarios o peor aún, en sus propios hogares. O porque la pobreza las ha obligado a migrar a lugares lejanos y poner en peligro sus vidas en el camino. ¿Qué decir de la llegada de un misógino profesional al gobierno de los Estados Unidos? Y tantos otros que están en puestos de poder en nuestro propio país, tomando decisiones en su “Club de Tobi” y quizá hasta planeando sus iniciativas de ley al calor de unos tequilitas en un table dance. Es aterrador. Como quiera, aquí estamos, dando la batalla, algunas mujeres muy empoderadas y/o que de plano vivimos a la defensiva.

Quienes lo tienen más difícil son nuestras hijas.

Al estar conscientes de los peligros, protegemos a nuestros cachorros como si nos hubiera entrenado el Servicio Secreto Israelí. Eso las mantiene a salvo. Pero crecen y necesitan libertad. Muchos padres y madres que leemos las noticias estamos siendo incapaces de exponer a las jovencitas a la vida real. Las acompañamos a todas partes y observamos todos sus movimientos. Algunos optamos por la complicidad para que sean ellas las que nos cuenten sus inquietudes, con quién chatean, y qué cosas ven y oyen por ahí. Otros de plano leen sus diarios y les revisan el teléfono. (Acción terrible desde mi punto de vista).

Con todo y que he formado en mi hija a una adolescente feminista, me descubro censurando su forma de vestir. Tras la discusión correspondiente, le aclaro que no hay nada malo en su belleza, ni en su femineidad, lo que está mal es el país en el que vive, en el que uno prefiere esforzarse por pasar desapercibida si es que va a caminar por la calle, especialmente si va sola. “Ponte un suéter. Amárrate algo en la cintura. Bajo ninguna circunstancia vas a salir con ese escote”.

@tiare_scanda

 

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Sabemos dónde están los corruptos, no es percepción

Fuente: Viridiana Ríos | Excelsior

5 marzo 2017. Hoy en día, tristemente, se mide qué tan corrupto es nuestro país usando percepciones y opiniones, no realidades. Urge que esto cambie. Hay dos medidas más objetivas (no perfectas, pero mucho mejores) que debemos volver nuestro referente: actos de corrupción cometidos en trámites públicos y policías reprobados en las pruebas de confianza. ¡Ya basta de “índices de percepción”!

El Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) de Transparencia Internacional, la medida supuestamente más conocida y usada sobre el tema, se construye sólo a partir de opiniones, y ni siquiera necesariamente de expertos. Se pregunta a 12 instituciones (ninguna de las cuales es especialista directamente en corrupción) sus opiniones sobre qué tan común es la corrupción en un país.

Esto es muy desafortunado. La percepción, como bien lo saben los comunicadores políticos, no necesariamente está relacionada con la realidad.

Baste un simple ejemplo: de 2013 a 2015, México mejoró su calificación en el IPC (es decir, fue menos corrupto para los estándares internacionales), pasando de tener 34 de 100 puntos, a tener 35. Esto, justo en el año en el que escándalos de corrupción reconocidos como la Casa Blanca o Ayotzinapa se hicieron del conocimiento público. Aún más, cuando medimos la población adulta que experimentó un acto de corrupción en esos años, ésta aumentó de 3.6 a 4.1 millones. Es decir, en los mismos años en los que las percepciones veían un México menos corrupto, los ciudadanos mexicanos experimentaban un aumento real de 4.2% (ajustado por crecimiento poblacional) en los actos de corrupción de los que eran víctimas.

Entonces, ¿qué tan corruptos realmente somos y dónde está esa corrupción?

Los datos para dar respuesta a esta pregunta deben ser objetivos (medir actos de corrupción, no percepciones de corrupción) y capturar diferencias por estado (que son abismales).

Hay dos medidas por las que yo abogo y creo que deberían volverse referentes en la lucha contra la corrupción:

Primero, el número de actos de corrupción que reportan adultos que tuvieron contacto con las autoridades, una medida creada bianualmente por el Inegi. Si bien el Inegi mismo, tan honesto y profesional como siempre, reconoce que hay varios estados para los que no existe suficiente información (Chiapas, Veracruz, Zacatecas y Guanajuato), lo cierto es que la medida es muy reveladora.

Así, los cinco estados con mayor aumento en corrupción son Sonora, Morelos, Durango, Sinaloa y Guerrero, todos con al menos 84% más actos de corrupción en 2015 que en 2013 (ajustando por tamaño de población).  La lista de los estados en los que la corrupción aumentó, al menos más de 50%, incluye además a Hidalgo, Querétaro y Baja California Sur.  Independientemente de su cambio a través del tiempo, los datos más recientes muestran que los estados más corruptos son Morelos, Sinaloa, Chihuahua, Michoacán y la Ciudad de México, todos estos estados tienen al menos 28% más corrupción que el promedio nacional. Morelos, con 114 mil actos de corrupción, de acuerdo al Inegi, es una vergüenza pública.

@Viri_Rios

 

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Borge y Duarte

Fuente: Juan E. Pardinas | Reforma

05 Mar. 2017. Javier Duarte ha sido nominado al premio Guinness por ser el político más corrupto del mundo. El ex gobernador de Veracruz tiene todos los méritos para poder aspirar a semejante distinción. La noticia de que se aplicaron quimioterapias falsas a niños enfermos de cáncer es un nuevo suelo de referencia de la vergüenza nacional. Su paso por el Ejecutivo veracruzano dejó un estado endeudado y con las instituciones devastadas. Sin menospreciar la escala de sus yerros, quisiera aprovechar este espacio para postular a otro ex gobernador que también tiene sobradas perversidades para merecer este funesto reconocimiento.

Roberto Borge es a la corrupción, lo que Steve Jobs a la computación. El genio del software y el marketing no inventó las computadoras, pero su proceso de innovación frenética convirtió su marca de manzanas mordidas en la pesadilla de sus competidores y el ensueño de los consumidores. Borge no inventó la corrupción, pero su sexenio fue un proceso de innovación constante sobre las formas en que se puede pervertir el poder público para el beneficio privado. Como bien distingue Eduardo Bohórquez, director ejecutivo de Transparencia Mexicana, Duarte es un mega-transa pero no deja de ser un pillo de la escuela tradicional: el erario público era su botín y disponía de él como si fuera su alcancía personal.

Como sostiene Bohórquez, Duarte se robó el dinero del presupuesto estatal, mientras que Borge se robó el estado completo. La venta a precios ridículos de la reserva territorial de Quintana Roo pone a Borge en una liga distinta de su colega priista. Cientos de hectáreas con los niveles más altos de plusvalía del país pasaron del patrimonio público a manos privadas. ¿Quiénes se ocultan detrás de las empresas fachada que se apropiaron a precios de ganga de esos predios en la Riviera Maya? El modus operandi del Cártel de Chetumal no sólo se limitó al saqueo del patrimonio geográfico, sino también innovó en las malas artes del despojo para apropiarse de lo ajeno.

La revista Expansión y Mexicanos contra la Corrupción detallaron cómo Borge echó mano de juicios laborales y poderes notariales para arrebatar a ejidatarios, hoteleros y empresarios sus legítimas propiedades en Cancún, Tulum y Playa del Carmen. El despojo sistemático como nuevo modelo de negocios de una banda del crimen organizado que operaba desde el despacho del gobernador de Quintana Roo.

Ante el difícil dilema de quién es más corrupto, Duarte o Borge, me permito proponer una solución salomónica. El premio al récord Guinness de la corrupción debe llevar el nombre de Roberto Borge, la entrega del primer Borge debe ser otorgada a Javier Duarte. ¿Quién es el más impune de los dos? Ahí no hay duda ni debate. Javier Duarte es un prófugo de la justicia. Algunos rumores de prensa ya lo dan por muerto. Mientras tanto, Roberto Borge esquía en Colorado y mira partidos de basquetbol en Miami.

@jepardinas
Leer nota completa: reforma.com/

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Violencia institucional: detrás de una denuncia

Fuente: No Somos Medias Naranjas | Mexican Times

7 marzo 2017.  El presente texto es un testimonio anónimo de violencia de género, de carácter emocional y psicológico. No Somos Medias Naranjas apoyó en la publicación del texto bajo el nombre de la colectiva.

Me sentía incapaz de alzar la voz, tenía miedo de las consecuencias, de que él volviera a buscarme enfurecido tras haberlo denunciado, de que me golpeara si en algún momento me encontraba sola y de volver a recibir sus llamadas y mensajes amenazantes.

Tuve el valor de platicar con una amiga mi experiencia. Después tuve el valor por fin denunciar mi caso. El proceso tomó horas: llegué a las tres de la tarde y tomaron mi declaración alrededor de las 12 de la noche. Este fue el inicio de un proceso que no ha cerrado, aún después de un poco más de dos años. En repetidas ocasiones se refirieron a él como mi novio, mi pareja sexual o cualquier otro adjetivo que lo relacionara conmigo. Como si un lazo sentimental mutuo fuera requisito para la violencia que ejerció en mi contra. No fue mi novio, no fue mi esposo, no fue mi pareja sexual, fue un hombre al que conocía, que llegó a pensar que le pertenecía, pero creo que eso es algo que las autoridades no llegaron ni a imaginar, ni después de las diez veces que me hicieron repetir la historia para verificar que no estuviera “loca”.

Pensé que mi caso no se tomaría en serio al no tener signos de algún golpe sobre mi cuerpo; sin embargo, en algún momento se le dio seguimiento. Mi declaración fue tomada por una licenciada nueve horas después de llegar a la sala, quien me dijo que este tipo de casos podían llegar a tomar años para solucionarse, por ser algo “muy normal” que se trataba frecuentemente.

Decidí no creerle y tener fe en que todo se solucionaría pronto. Perdí algunos días en mi trabajo para presentarme frente a las autoridades. La primera vez, asistí para mediación, pero él no se presentó. La segunda vez, asistí nuevamente a mediación, pero regresé a casa sin éxito al no haberse presentado al lugar. Lo mismo sucedió la tercera y la cuarta vez. Y las autoridades no hacían nada para remediarlo. No importó que a mí me causara algunos problemas por ausencias en mi trabajo o que me costara económicamente cada vez más el darle seguimiento.

Me dijeron en repetidas ocasiones que desconocían su domicilio, razón por la cual la notificación no había llegado a sus manos y no se había presentado. Totalmente falso. Me dijeron que lo habían buscado, que estaba asustado, que había prometido no volver a buscarme. Totalmente falso.

Me preguntaron qué había hecho para provocarlo, que debía cuidarme un poco más “como mujercita”. Pusieron muchos letreros en mi frente, todos ellos denigrantes, que por supuesto llegaron a dañar mi imagen en el círculo donde me desarrollaba.

En la asociación donde busqué ayuda me asignaron una abogada para darle seguimiento a mi caso y tratar de acelerar el proceso. Ella estuvo conmigo durante algunos meses, hasta que tuvo que dejar la asociación por cuestiones personales. Posteriormente, llegó una nueva persona a apoyarme, quien de la misma manera dejó la asociación, dando lugar a una tercera abogada para resolver mi caso. Como pueden ver, entre abogada y abogada el proceso se ha vuelto ineficiente. A eso sumándole que en las entidades del gobierno “tienen casos más urgentes que resolver”.

Afortunadamente he recibido atención psicológica en el camino, misma que me ha ayudado a sobrellevar este largo proceso. Por otro lado, él ya no ha tenido contacto conmigo en los últimos meses. No sé qué hubiera sido si durante estos años me hubiera seguido buscando, sin una orden de restricción de por medio. Hasta el momento sigo esperando una respuesta. Todo cambió en el momento en que decidí poner un alto, justo a tiempo… porque mi vida vale muchísimo más que el qué dirán.

Nota de parte de No Somos Medias Naranjas: Este testimonio muestra la importancia de construir redes de apoyo a las cual podamos acudir en caso de vivir violencias. Asimismo, expone y denuncia la ineficiencia gubernamental y violencia institucional perpetrada ante casos de violencia de género, mostrando las dinámicas particulares de casos de violencia psicológica y emocional.

 

Leer nota completa: themexicantimes.mx/

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